miércoles, 28 de diciembre de 2011

“Furia de Titanes” y más....

Boceto de Kraken

En Londres, era el año 1979 y en los estudios Pinewood se había comenzado a rodar los interiores de esta película. Ella marcó el principio de un gran cambio en mi vida laboral y personal ya que fue entonces cuando empecé a pensar que sería difícil compaginar lo que yo hacía (Montaje) con el trabajo de mi recién estrenado marido (Efectos Especiales, maquillaje y criaturas fantásticas).

Nos casamos en Londres, en un ratito libre que se cogió Colin Arthur para hacerlo.

Él estaba modelando a Kraken (el terrible monstruo que habita en los mares) en tamaño extra-grande (unos siete u ocho metros de largo) en su casa de Chiswick, y no tenía mucho tiempo para veleidades. Por lo cual, en unas pocas horas laborales robadas a un día cualquiera, una ceremonia rapidita con anillos prestados por alguno de los asistentes,  (no habíamos pensado en las alianzas) y comida para unos cuantos (pocos), ya que nadie sabía lo de la boda, casi ni siquiera nosotros... Cumplimos con nuestro deber cívico. Lo habíamos decidido en una semana pues de otro modo yo no podía acompañarle a correr mundo, y como los padres españoles de antes no consentían estas cosas... O casados, o para Madrid con los papás.

Just married. Londres Registro Civil.

Aprovechando un viernes, nos tomamos el final de la mañana libre para lo del enlace. Parte de los invitados eran los escultores que con Colin modelaban al monstruo Kraken, entre los que estaba su madre, con lo cual, después de comer, ella se quedó al mando y todos regresaron al trabajo. Nosotros, haciendo una excepción, cogimos el sábado y  el domingo de aquella semana y nos fuimos de excursión por los alrededores de Londres, en nuestro auto caravana. El lunes, vuelta al trabajo.

Teníamos las  pruebas con Neil McCarthy de la prótesis de su cara trasformada en Calibos (personaje mítico mitad hombre y mitad monstruo). Esta caracterización se rodaría unas semanas mas tarde en Pinewood y merece un poco de cotilleo.

Maquillaje en evolución de Calibos. Neil Mc.Carther y Colin Arthur

Miniatura maqueta de Calibos, hecha por Ray H.

Colin modeló sobre un positivo en escayola de la cara de Neil, una máscara dividida en unos 12 pedazos entre sí: Frente, ojos, nariz, pómulos, labio superior, labio inferior, barbilla, cuernos, cabeza y manos. El colocar todas las piezas, pegarlas sobre la cara, disimulando cada corte, y como resultado tener una pieza entera, llevaba entre 4 y 5 horas de trabajo de maquillaje, de cuatro personas. El motivo de hacer esta especie de puzzle en lugar de colocar una máscara entera de una vez, era porque las piezas divididas, dan mucho mas movimiento a la expresión de la cara y por consiguiente mas realismo al personaje. El material usado fue espuma de látex, ya que es muy elástica y mórbida y reproduce el mas mínimo movimiento de la cara real del actor   trasmitiéndolo al exterior de la máscara. Este maquillaje se utilizó para los planos en los que Calibos tiene que hablar y expresar sentimientos. En los planos generales, normalmente se utilizó la pequeña maqueta que Ray Harryhausen había construido y que se rodaron en “stop motion” que era lo que a Ray le interesaba y por supuesto imponía. En cierto modo había una especie de “celillos” entre Colin y Ray, algo así como “mi hijo es mas guapo que el tuyo”. Los dos tamaños eran necesarios, pero Ray se resistía a utilizar el de dimensión real porque le gustaba mas trabajar con sus pequeños muñecos en el estilo que le ha hecho famoso, el movimiento manual rodado fotograma a fotograma. Y como era quien mandaba por encima del director y también de su coproductor Snier, pues lógicamente los “hijos” de Colin “chupaban” menos planos que los de Harryhausen.

Londres. En el salón de casa modelando a Kraken en barro.

Londres. Kraken en barro.

Volvemos a Kraken y al lunes después de los dos días de “asueto”. La casa era un continuo ir y venir de gentes extrañas, donde el barro, la escayola y otros tipos de materiales estaban presentes por todas las habitaciones, en el mas absoluto caos ... Esto, en un hogar que no consideraba el mío, mas el aburrimiento, porque no podía ayudar en nada y aprovechando que  tenía mi vuelo de vuelta a Madrid en tres días, me decidieron a decir ¡Ahí os quedáis! Y regresé  a mi casa.

Cuatro semanas mas tarde Colin vino a Madrid a recogerme. Kraken estaba terminado y hasta dentro de unos tres meses, no se rodarían sus secuencias, por lo que había un tiempo libre para hacer otra película entre medias.

Como teníamos unos papeles  que decían que estábamos casados, mis padres (pobres lo que tragaron) no tuvieron mas remedio que dejarme ir con aquel desconocido al que yo había encontrado hacia algún tiempo en Almería, en el rodaje de “Charlie one eye”.

Cartel en español de Cattle Annie and Little Briches

Y nos fuimos al norte de Méjico, a Durango, a rodar “ Cattle Annie and Little Britches” (1); un western, con grandes actores como: Burt Lancaster, Scott Glem, Rod Steiger, John Savage, y las entonces “teen agers” (adolescentes) Diane Lane y Amanda Plummer. Yyyyyyyy... muchos más.

En Durango estuvimos algo más de dos meses. La película no tenía grandes dificultades  y todo iba conforme al plan de rodaje. En el departamento de maquillaje que llevaba Colin tampoco; caracterizaciones con barbas, bigotes, cosas así, nada más. Él tenía  de ayudantes a varios técnicos mejicanos, con los cuales yo me identificaba bastante por lo del idioma y porque eran gente maja. Pero había un problema, yo no trabajaba, estaba allí simplemente de consorte, al igual que alguna que otra esposa de gente del equipo, que también estaban haciendo “nada”.

La diferencia con “las otras” es que yo pertenecía al mundillo peliculero y me fastidiaba enormemente estar mano sobre mano día sí y día también, dentro de un rodaje. Llegué a sentir que me había convertido en ciudadana de segunda, ya no era nadie, solo la mujer de... Al principio fue muy duro, en las comidas o cenas todos me aceptaban, me sonreían, pero hablaban conmigo lo justo, y enseguida se dirigían a los otros comensales para hablar de cine (el monotema de conversación que habitualmente tenemos todos nosotros), pero no me incluían. Me encontraba aislada, aburrida y desgraciada. A veces mitigaba “mi desventura” ayudando a los angloparlantes a entenderse con los técnicos mejicanos, y viceversa, también me socorrió el que me dieron algún que otro papel de “extra” en las secuencias que hacía falta decir algunas palabras en inglés...

Marisa, de extra con frase.

Amanda P., Diane L., Colin Arthur (haciendo de cura del pueblo) y Burt Lancaster.

Luego me dio por la cocina, y para practicar nos fuimos del hotel. Alquilé una casa en el pueblo para poder ejercer de ama de “ídem” y así combatir mi tedio en lo posible. Como  era consciente de mis limitaciones, hice mis primeras recetas de cocina invitando siempre a los ingleses o americanos de la peli, pues yo no sabía nada de cocinar y lo mejor era experimentar con gentes que tampoco tienen idea de estas cosas. La primera paella que he hecho en mi vida, la perpetré allí, salió horrorosa, pero a mis comensales californianos (después de rociarla de ketchup profusamente), les pareció divina. Otra noche se me ocurrió hacer croquetas y en una especie de premonición de lo que mas tarde sería mi vida en los efectos especiales, a las susodichas croquetas les dio por explotar en cuanto tocaron el aceite, igualito que si hubiera metido en su interior unos gramos de pólvora...  Y salieron disparadas por toda la cocina... Las pocas que conseguí freír las comieron embelesados. Otras cenas salieron mejor, como la de David Korda (hijo del mítico Alexander) y mujer, o por lo menos superior a la que ella nos hizo... Así, y haciendo manualidades de collares, pendientes, y pulseras, con geodas, que  encontré en Zacatecas, y que luego me compraban en el rodaje, mi vida se hizo mas llevadera.

John Savage y Burt Lancaster

Diana Lanne y Amanda Plummer

Con el tiempo empecé a ser visible y según se fueron enterando de que yo también pertenecía a su mundillo, me fueron introduciendo en sus conversaciones de trabajo. En plan chismorreo debo decir que quien mejor me caía era Diane Lane, las dos teníamos muy buen rollo, y matábamos el tiempo charlando en cuanto podíamos. Con Amanda Plummer no tanto, era “mas rarita”... No obstante, cuando hoy día veo a alguna de ellas en  películas famosas, me encanta saber que aquellas niñitas han llegado tan lejos. Otro muy majo era Rod Steiger, a pesar que decían que era muy puntilloso, divo y exigente, nada de esto fue con nosotros. Burt Lancaster, mas retraído y serio, pero tratable. Y John Savage…¡Este estaba como una cabra!. Era muy divertido. Había otro chico que tenía un papel no muy importante en la película, y que tonteaba con Diane Lane. Él, que sin duda estaba allí por ser hijo de quien era, se llamaba: Steven Ford, su papá: Gerald Ford, presidente de U.S.A hasta hacia un par de años.

Durango. Colin, Marisa, Diane y Ford (Junior).

De algún modo, el tiempo fue pasando. Ya he dicho que la película dio los problemas justos, tales como rodar de noche en medio del desierto, con alacranes escondidos por doquier (Durango es conocido por estos bichitos), y con los cuales había que estar muy alerta y no sentarse nunca en una piedra. Y luego una noche que nos quedamos en el desierto solos, después de terminar un rodaje de madrugada y siendo los últimos en salir, no pudimos regresar al pueblo porque a Colin se le había olvidado poner gasolina en nuestro coche... Y también el encuentro con traficantes en algún lugar apartado que se nos ocurrió explorar... En fin, estas cosas y otras mas, no son realmente dignas de mención, pero lo que sí creo debo referir es una historia de alguien que conocí al finalizar el rodaje de la película.

Diane Lane y Amanda Plummer rodando.

Preparando el rodaje.

Decorado pueblo del oeste.

Nosotros fuimos de los últimos en abandonar Durango recogiendo sin prisas nuestras cosas. Como los demás estaban locos por irse, nos quedamos casi solos y con la gente de producción cerrando pagos y esas cosas.

Colin y yo teníamos previsto ir a California para darnos una vuelta por allí y visitar amigos antes de volver a Europa, cuando se enteraron de esto, la parte del equipo que se marchaba a Los Ángeles, nos encomendaron encarecidamente que tuviéramos cuidado de su equipaje que iba de Durango a Mazatlán y de aquí a L.A.

¿Por qué nosotros? Pues es que no confiaban en la gente mejicana que se quedaba al cargo de las maletas y como las nuestras estaban también para ir a California, les echaríamos un ojo a todas al tiempo. Y así nos encontramos con un montón de equipaje que venía con nosotros en una pequeña avioneta alquilada para esto.

No obstante, alguien estaba al cargo de las maletas; este era un hombrecillo muy básico, muy servicial, muy fiel, bajito y renegrido, pero lo mas importante HONRADÍSIMO, el cual había sido contratado durante toda la película para evitar robos y sobre todo para que se ganara un sueldo.
Lo llamaban “Cañoncito” y esta es su historia.

Montañas de Durango. Espinazo del Diablo. Foto de: Moto Confederados.

En algún momento, hacía ya varios años, en Durango se rodó una película norte-americana, en la cual “Cañoncito” estuvo empleado como peón y chico para todo. Entonces se le llamaba por su nombre (no sé cual), pero a raíz de este rodaje se le conoció en el mundo peliculero por el apodo que le pusieron  motivado por lo siguiente: En aquella película había un cañón que jugaba un papel importante en la misma. Cuando se terminó de filmar, la producción americana le encargó a este hombre que se quedara a cargo del mismo hasta que organizaran como recogerle para llevárselo a U.S.A. El cañón estaba ubicado en lo alto de una montaña en las cercanías de Durango y allí “Cañoncito” se quedó a vivir en una cueva natural, para custodiarle día y noche. Y pasaron los días, las semanas, los meses... y a la producción se les olvidó el cañón y por consiguiente a su guardián. El hombre tuvo que subsistir, cazando, comiendo lo que encontraba (hasta se hizo con un pequeño huerto), y bajando de vez en cuando a Durango a pedir limosna, pero nunca abandonó su encargo. No sé cuantos meses pasaron, hasta que otra película llegó y fue entonces cuando la nueva producción al enterarse de lo que pasaba, se pusieron en contacto con los dueños del cañón.

Y tuvo que venir alguien desde L.A. para pedirle disculpas, pagarle por su proeza y convencer a este hombre de que su trabajo había terminado. Pero a la sazón era ya un héroe.

Desde aquel momento cualquier película hollywoodiense que rodaba en Durango, invariablemente empleaba a “Cañoncito” en pago de su fidelidad.

Por esta razón estaba en la nuestra y por la misma supongo habrá seguido trabajando en las posteriores. For ever...

Este hombre fue quien nos acompañó en la camioneta que nos llevaba al aeropuerto. Los tres solos, rodeados de maletas, sin perderlas de vista. No se movió del aeropuerto hasta que nos vió dentro de la avioneta y ésta despegó rumbo a Mazatlán.

Dos semanas mas tarde regresamos a Europa. En Londres recogimos a Kraken que nos esperaba en casa. El rodaje con el monstruo se haría en Gozo (Malta) y allí nos dirigimos para continuar el rodaje de “Furia de Titanes” pero eso...
¡Es la próxima historia!

-.-.-

Autora: María Luisa Pino
En este artículo han colaborado: Ángel Caldito, José Manuel Seseña y Ricardo Márquez.

Notas:
(1) En España se tituló La leyenda de Bill Doolin.
El director fue, Lamont Johnson.
Sinopsis:
En 1893, una banda de forajidos, liderada por Bill Doolin y Bill Dalton, está a punto de deshacerse a causa del tiempo y del cansancio de sus miembros. La llegada al grupo de otras dos populares leyendas del Oeste en versión femenina, Jenny y Annie, que ingenian toda una nueva serie de robos y asaltos, darán un nuevo impulso a la banda. Esto, atrae la atención de un oficial de la ley, Tilghman, que no descansará hasta poner tras las rejas a toda la pandilla de criminales.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Devil´s Paradise


Estábamos en Tailandia y era el año 1987. Allí nos había llevado una producción alemana “Devil´s Paradise” (según una novela de Joseph Conrad). Colin Arthur como jefe de los departamentos de Efectos Especiales y maquillaje, Marisa Pino (yo), de ayudante en ambos, y para completar nuestro equipo unas diez o doce personas locales.

En cuanto a los actores eran: Sam Waterston (“Los gritos del silencio”), Suzanna Hamilton (“Pasaje a la India”), Jurgen Prochnow (“El submarino”), Mario Adorf, (“Lola”, “El tambor de hojalata”), Dominique Pinon (“Delicatessen”, “Amelie”), y otros cuantos mas. Director : Glowna Vadin

En el sur de Tailandia en medio de la selva, se hizo el rodaje principal. Era un lugar perdido fuera de las rutas turísticas, donde los nativos no habían visto nunca ningún extranjero, allí pasamos cerca de dos meses, viviendo en cabañas, rodeados de cocoteros, y con vistas magnificas al mar. No había teléfonos, ni comunicación con el exterior, solo la belleza de la vegetación y de los animales salvajes era todo (que no es poco) con lo que contábamos día a día.

 Localización cerca de Bainapao

Jurgen Prochnow, Suzanna Hamilton y  el director

El equipo, unas cuarenta  personas, estábamos repartidos por diversos lugares de la zona en grupos de chozas aislados entre sí, ya que no había hoteles ni nada semejante donde colocarnos. Lo mas parecido a una ciudad estaba a dos horas y pico en coche y a ella nos acercábamos los días festivos para tratar de comunicarnos con nuestras familias, cosa que nos solía llevar la mañana entera y a veces no conseguíamos telefonear en absoluto.

En estas expediciones nos solían acompañar Jurgen Prochnow y también Sam Waterston, que vivían en nuestro grupo de cabañas y así, entre los cuatro, aprovechábamos el vehículo, el intérprete y el chófer. El que solía tener mas suerte era Sam, llamar a U.S,A, era algo mas factible, lo conseguía en dos o tres horas. Las llamadas nuestras a Europa, eran mucho mas complicadas y frustrantes. Teníamos claro que pasadas cuatro o cinco horas había que abandonar la idea y como para entonces ya era hora de la comida la hacíamos por allí y luego regresábamos al “campamento”  pasando el resto del domingo jugando al póker.

Allí, en Bai-Na -Pao, un grupo de acogedoras nativas nos hacían las deliciosas comidas diariamente y se ocupaban de la limpieza de nuestras chozas, pero había un pequeño problema, allí también habitaban las enormes arañas, los insectos de todo tipo, las iguanas, y como esto no tenía nada que ver con el aseo de  las cabañas pues estábamos en su territorio, tocaba convivir con ellos sí o sí, con lo cual cada mañana antes de vestirnos y calzarnos, sacudíamos las prendas enérgicamente para que no se vinieran con nosotros “los otros” usuarios de las chozas.

Las chicas que cocinaban y limpiaban en Bainapao y yo

De cualquier modo aquello era lo mas parecido al paraíso y de todos los sitios del mundo donde he rodado o visitado, este lugar es y será siempre mi preferido. El trato directo con los nativos, participar en  sus costumbres, tal como ver en medio de la selva y a la luz de la luna un teatro de sombras de marionetas, sentados en trozos de troncos  caídos en el suelo, o poder husmear dentro del cutre fumadero de opio local sin problemas, para mí es algo impagable...

En una zona no muy lejana, de Bai- Na- Pao, teníamos montado el cuartel general de la película, es decir: vestuario, atrezo, producción, catering... todo ubicado en un claro del bosque. De aquí partía el equipo cada mañana a rodar donde fuere, pero con los actores ya maquillados, vestidos etc. Yo me solía quedar en el campamento semivacío si no me requerían en rodaje, pues tenía que preparar unas lanzas trucadas para una secuencia en la que los nativos mataban a Sam Waterston.

Y fue aquí donde la conocí. Apareció una tarde cualquiera emergiendo del cercano tupido bosque. Su  risa aún la tengo grabada en mi mente, la mas cantarina y alegre que jamás había escuchado y superior a todas las risas de todos los niños del mundo juntos. Su dueña era apenas una mujercita de 12 o 13 años que acarreaba un bebé: su hermanito, o tal vez su hijo y  lo llevaba sujeto a la espalda con una especie de manta multicolor que ataba a la altura de su incipiente pecho.

Ella se fué acercando poco a poco hacia mi mesa de trabajo, la curiosidad era mas grande que su timidez. Yo le sonreí para animarla, ella juntó las palmas de las manos e inclinó la cabeza al tiempo que murmuraba unas palabras en tailandés que naturalmente no entendí, contesté en inglés sabiendo que ella tampoco me entendería, pero al menos le hice saber que no era muda. Me miró sorprendida y siguió hablándome con suaves sonidos que cambiaban de tono como las notas musicales, de vez en cuando se paraba esperando que contestara, yo invariablemente lo hacía en inglés, y esto la dejaba perpleja, la niña no sabía de la existencia de otras lenguas que no fuera la suya, tampoco  sabía de gentes con otro color de piel, ni que hubiera otros países aparte de su jungla de aquel lugar remoto de Tailandia.

Le ofrecí una coca-cola, la miró recelosa, comprendí que no tenía idea de qué era, abrí otro bote, lo bebí para que me imitara, lo cual hizo enseguida y cuando terminó, su cara expresaba una felicidad que pocas veces vemos en nuestros niños occidentales. Soltó un sonoro eructo y se echó a reír, yo reí con ella, y a partir de ese momento siguió parloteando incansable esperando de algún milagro que me hiciera hablar su lengua. Como esto no sucedía de tanto en cuanto se quedaba pensativa tratando de entender el por qué de esta situación, y así pasó el tiempo. Mientras yo trabajaba ella fué tomando confianza, y decidió acomodar al niño en el suelo sobre su manta, una vez hecho esto empezó a alargarme los materiales que estaban extendidos encima de mi mesa, y que yo iba utilizando de vez en cuando. Estaba fabricando las lanzas retráctiles que necesitábamos para  la secuencia que rodaríamos en unos días. Cuando  anocheció  me dijo algo, recogió al bebé y, no sin antes de poner al alcance de mi mano parte de los materiales, se inclinó y después de saludarme se alejó, desapareciendo en segundos e integrándose con la naturaleza.

Aquí tenía mi taller de trabajo.

Al día siguiente hacia las cinco de la tarde oí pisadas que venían del bosque, era mi amiga y su bebé, pero esta vez venían acompañados de otros dos chiquillos de unos 8 ó 9 años. De nuevo el respetuoso saludo tailandés, luego  la niña dominando la situación, acomodó a sus amigos en sendas sillas alrededor de mi mesa. La cháchara incansable de los críos y la mirada  hacia el cajón donde guardábamos las bebidas me recordó que era la hora de la coca-cola. Les dí un bote a cada uno, ¡y como festejaron aquel lujo!, aquello sí que era una gran fiesta. Uno de los chicos cortó en trozos un coco que  llevaba en su bolsa y nos ofreció a todos, estaba  recién cortado,  jugoso y fresco, sencillamente delicioso.

Mientras, el trabajo seguía en marcha y yo tenía tres ayudantes. Les señalaba donde y como tenían que cortar las cañas de bambú y ellos, disciplinados, las iban acumulando a mi lado. También les enseñé a anudar los preservativos alrededor de la parte de la lanza que debía retraerse y al poco rato lo tenían controlado perfectamente.

Y pasó un día y otro...y otro. Durante el tiempo que estuve en aquel improvisado taller, no faltaron nunca a su cita a las cinco de la tarde. Ellos ponían los cocos y los anacardos, yo, las coca-colas, y todos éramos los mas felices del mundo compartiendo  nuestros pequeños tesoros. Hasta llegaron a  acostumbrarse a nuestro pequeño problema con el idioma, por señas nos entendíamos perfectamente.

Pero todo termina y llegó el momento de abandonar aquella localización, nos marchábamos  a otro lugar mas alejado. El día anterior a nuestra partida me las arreglé para requisar las coca-colas y las chocolatinas que quedaban en el campamento y esperé.

Mis amigos vinieron a su hora de siempre. Se organizó la merienda, ellos prepararon los cocos y los anacardos, yo las bebidas y alguna que otra golosina que había substraído al catering. Nos dimos nuestro pequeño festín, riendo como siempre a cada sonoro eructo de los niños. Pero estos de vez en cuando miraban inquietos la mesa de trabajo que estaba limpia de materiales, y la vista del campamento casi totalmente desmantelado, sin duda les preocupaba y empezaron a preguntarme cosas que no tenían respuesta.

Cuando terminamos la merienda me levanté, abracé uno a uno a los chiquillos que ya eran cinco, mas el bebé, y tragándome las lagrimas les despedí . Repartí todos  los botes de coca-cola que podían cargar entre ellos y les hice señas para que se fueran. Antes de perderse entre los árboles del bosque, me miraron por última vez. Nunca supe sus nombres...

Los niños “mis ayudantes” de aquellos días. En primer término, nativo maquillado “Al barro”.

Pero el trabajo seguía su curso y a los pocos días rodamos la secuencia de las lanzas. Colin había preparado un complicado sistema que dió muchos problemas, pero que funcionó.

El protagonista estaba mirando al mar en  lo alto de un pequeño montículo, y desde el bosque los nativos le arrojaban varias lanzas cruzadas que le sostenían en pie aún después de muerto, logrando un efecto visual muy interesante.

Para conseguir esto, Sam Waterston llevaba puesto debajo de su camisa, una especie de corsé adaptado a su cuerpo que hicimos en fibra de vidrio. En varios puntos del artilugio se añadieron unos cilindros de dos centímetros de profundidad donde debería encajar cada lanza y que al tropezar con el corsé, la punta se retraía  fijándose dentro del mismo. ¿Sencillo, nó? ¡Pues nó!

Las lanzas se deslizaban por un hilo invisible de tungsteno que partía desde cada cilindro  y terminaba  unos quince metros mas allá desde donde nosotros anudando cada lanza al final del hilo las enviábamos hacia su destino, quedando aparentemente clavadas en el actor.

Para rodar este farragoso efecto teníamos que preparar a Sam unas tres horas antes del rodaje. Primero maquillaje, luego los efectos. Se le anudaron los hilos invisibles en cada punto clave, en la camisa hicimos pequeños agujeros disimulados por donde entraría cada lanza, luego llevamos el otro extremo de cada hilo hasta donde la cámara no nos veía, y  desde aquí salían las lanzas una a una.

Preparación del truco de las lanzas.

Sam Waterston y Colin Arthur

El problema es que este tipo de hilo es muy fuerte pero muy delicado, tiene un grosor del tamaño de un cabello, poco mas, hay que tener mucho cuidado para evitar que se hagan nudos, y cuando consigues tirar una línea, poner la lanza correspondiente e intentas empezar con el hilo siguiente, solía ocurrir el desastre. Mas de cuatro veces  un despistado del equipo de rodaje olvidó lo que estábamos haciendo, pasando por medio y quedaba atrapado por el hilo invisible y en consecuencia deshaciendo el montaje. Decidimos poner pequeñas señales con papeles pegados a lo largo de los hilos según  terminábamos con cada uno de ellos, pero aún así algunos se siguieron enganchando hasta que pusimos a nuestros ayudantes haciendo guardia a lo largo de los hilos, al final después de toda una mañana de estrés, se consiguió rodar la secuencia.

Hoy día el ordenador hubiera eliminado todos los problemas, pero entonces... Se trabajaba de este modo, del cual no reniego en absoluto, pues era absolutamente creativo,  estimulante y posiblemente hasta adictivo.

Debo decir que la disciplina  y la colaboración  de un buen actor era/es esencial en estos casos. Sam Waterston, como gran profesional, no se quejó en ningún momento a pesar del calor y las horas pasadas enganchado a aquellos hilos y sin moverse. Fué sin duda una gran ayuda para nosotros.



En síntesis esto es lo mas complicado que hubo que hacer en esta película, el resto de los maquillajes, eran mas o menos normales, en alguna secuencia pinturas de guerra para los nativos, con los cuerpos  pintados de arriba abajo. Los chicos del equipo maquillaban a los chicos y nosotras a las chicas pues ellas iban completamente desnudas y hubo que contratar  prostitutas para  conseguir hacer este trabajo. En este caso hicimos nosotros mismos los productos de maquillaje recogiendo arena de la playa y coloreándola con pigmentos vegetales y así las pinturas realmente parecían de lo mas primitivo. En fin, este tipo de paridas ideadas por “el jefe”, nos hacía perder el  tiempo en cantidad y los chicos de maquillaje odiaban hacerlo, ellos me preguntaban “¿Para que habéis traído grandes marcas de maquillaje si luego nos tenéis todo el día recogiendo barro y secándolo al sol?”.

¿Qué decir? Pues que el que manda, manda... Y a regañadientes lo hacían, y guardo un gran recuerdo de dos de ellos, bastante majos, muy acostumbrados a maquillar... sobre todo a ellos mismos, pues eran travestís profesionales y muy buenos en un  show que tenían en Bangkok...

Ayudante de m-up Dominique Pinon y yo

Sam, Colin y Mario Adorf  fascinados con el ordenador de Colin.

Al cabo de un tiempo dejé de jugar al póker con los actores ¡Eran unos perfectos tahúres! Cada dos días querían cambiar la baraja de cartas, apostaban montón de dinero con una pareja de cincos... Yo, que  jugaba un póker parecido al de la señorita Pepis, no me hacía a perder o ganar tanto dinero, a pesar de que era con las dietas (que no había modo de gastar) con lo que se jugaba. “My better half”, Colin, hacía tiempo que lo había dejado y como yo me encargaba de que nos compraran las barajas, un día dije que me era imposible localizar mas cartas y terminé con las partidas a la luz de las velas. Desde entonces después de cenar nos dedicamos a...

¡Pero eso es otra historia!
-.-.-

Autora: María Luisa Pino
En este artículo han colaborado: Angel Caldito, José Manuel Seseña y Ricardo Márquez.

martes, 25 de octubre de 2011

La chica del tambor


Estamos en el año 1983 y es invierno. Recibimos una llamada desde Munich, se trata de hacer un trabajo para una película coproducida por alemanes, americanos, y algún otro país que no recuerdo, es la parte alemana la que nos pide una colaboración para el proyecto que se rodará en varios lugares de Europa.

En aquella época no trabajábamos en un lugar concreto, éramos trashumantes por convencimiento y nos encantaba ir de un país a otro y hacer cualquier película que nos propusieran y nos apeteciera. Éramos dos seres libres, sin ataduras, sin hipotecas, un poco hippíes, pero bien pagados y considerados. Teníamos casa en Madrid y Londres, y en ninguna de ellas habitábamos casi nunca, lo nuestro era la carretera.

Entonces estábamos en Madrid de vacaciones, visitando familia y amigos, pero como siempre dispuestos a dejarlo todo por cualquier tipo de locura que nos ofrecieran. En este caso lo que nos pedían era lo suficientemente complicado como para encandilar a Colin Arthur (Efectos Especiales) y a mi misma (ayudante y esposa sumisa) y por consiguiente aceptar el trabajo que nos haría viajar a Friburgo y a La Selva Negra.

Diane Keaton era la protagonista, y estaba por los americanos, Klaus Kinski por la parte alemana y otros varios más por no sé que parte. El titulo: “La chica del tambor” basada en la novela de John Le Carré. El director George Roy Hill.

Nos explicaron que la secuencia que les preocupaba y por lo que nos requerían, era un tiroteo en la habitación de un hotel. El plano a rodar era este: Un asesino dispara al terrorista que está con el torso desnudo mirándose a un gran espejo, la cámara debe recoger la entrada de los tiros destrozando la piel, todo en un plano secuencia y con los dos personajes a la vista del espectador. No hay donde ni como esconder nada, el espejo muestra la escena completa. Claramente una planificación de locos, pensada para que algún “loco” resuelva el problema...Y para eso, nadie como los Arthur.

Enseguida nos pusimos de acuerdo en precio, días y lugar de rodaje. Les pedimos que nos mandaran el actor a Madrid para ir trabajando con él en el truco requerido. No era posible, y tuvimos que acordar ir a Paris en las próximas 24 horas para hacer el trabajo allí, con todos los materiales y herramientas que necesitábamos, mas muchos más “por si las moscas”.

Había que hacerle un molde en escayola de medio cuerpo, de éste sacar un positivo sobre el cual modelar una “sobrepiel” que en el proceso final pasaríamos a espuma de látex (lo mas parecido a la piel humana), la que a modo de camiseta llevaría el actor en su momento. Entre su cuerpo y la “camiseta”, se esconderían unos detonadores que accionados (Dios sabe cómo) abrirían agujeros en la piel ficticia y saldría sangre y todo eso...

Cargamos el autocaravana (que entonces usábamos con cierta frecuencia) con todo lo necesario y nos pusimos rumbo a París. Allí, con el tiempo justo para preparar el trabajo, llegamos al hotel Hilton donde nos habían reservado una suite.

Hotel Paris Hilton

Como era habitual, el aspecto de Colin dejaba mucho que desear, sus pelos largos y alborotados, barba mal cortada, cansancio de conducir sin interrupción durante horas y horas..., vaqueros estropeados con escayola y pinturas de todo tipo, total, lo mas parecido a un pordiosero. Según entramos en el hotel, y en nuestro camino hacia recepción, los “otros” clientes nos miraban con curiosidad y casi desagrado, y se aplastaban contra la pared para no ser contaminados por nosotros. En recepción nos identificamos y a pesar de la mirada recelosa del que nos atendió, no tuvo mas remedio que darnos la llave de la suite. Conseguimos un carrito con botones incluido y le pedimos que nos acompañara al auto caravana para recoger nuestras cosas. Nos siguió de mala gana (seguro de no obtener grandes propinas de aquella estrafalaria pareja) y cuando empezamos a llenar aquella dorada plataforma con ruedas de materiales extraños, al pobre se le salían los ojos de las órbitas. Su reluciente carro se llenó de sacos de escayola, rollos de arpillera, bidones con líquidos extraños, que despedían olores inidentificables, herramientas de todo tipo...Todo lo fuimos apilando allí de mala manera. El chico sin rechistar, tomó rumbo hacia los ascensores seguido de nosotros que acarreábamos el resto de las cosas y según pasábamos, quedaba un halo de polvo de escayola en la preciosa moqueta del París Hilton. Yo, mentalmente maldecía el que “mi jefe” no me hubiera dado tiempo para precintar los sacos y así poder minimizar la suciedad que caía de ellos, pero Colin siempre se ha fumado un puro con estas cosas y hace lo que le viene en gana sin mirar atrás. Así, y ante la mirada desaprobadora de todo aquel que nos encontramos por el camino, llegamos a nuestra habitación. El botones descargó toda aquella parafernalia y salió (con su precioso uniforme antes azul marino y ahora blanco tiza) huyendo de nosotros como alma que lleva el diablo y sin esperar la propina.

Nos dimos una ducha, nos adecentamos un poco, y buscamos un sitio para cenar. Descubrimos un coqueto restaurante con velitas y esas cosas lindas por allí cerca, nos gustó y nos quedamos para estar bien alimentados de cuerpo y espíritu pues el trabajo que teníamos programado, seguro iba a ser cuando menos estresante.

Sammy Frey

Al día siguiente y a la hora prevista, llegó el actor, francés, pero bastante agradable, Samy Frey creo recordar era su nombre. Sin mucho preámbulo le pusimos en antecedentes de lo que le haríamos, bueno, le contamos solo un poquito aprovechando que él hablaba nada de inglés y nosotros poco de francés...La verdad es que cualquier actor que le hemos hecho este tipo de pu...lo ha pasado mal y se acojonan bastante, por lo que siempre es mejor que no sepan mucho de que va...Una vez hicimos algo parecido a Adolfo Marsillac y estuvo a punto de irse a su casa con toda la cabeza cubierta de yeso, me costó trabajo contenerle...

Extendimos un plástico grande sobre la moqueta de la habitación, le pedimos que se desnudara la parte superior del cuerpo, y mientras Colin preparaba en el baño los cubos de escayola, yo envolví su torso con papel trasparente de cocina, para aislar su piel y por consiguiente el vello, de una depilación no deseada. Le tumbamos en el suelo de espaldas y rápidamente empezamos a cubrirle de escayola desde la cintura, hasta el cuello. Enseguida llegaron las carreras, los trozos de arpillera que iba mojando en el yeso, volaban de mis manos a las de Colin, que sin ningún miramiento las ponía en el cuerpo de la victima. El hombre comenzó a tiritar, la escayola estaba muy fría, pero nosotros, una vez en marcha, no tenemos vuelta atrás, seguimos a lo nuestro. Le pusimos unas cuantas tiras de madera (previamente cortadas) en sitios clave de la espalda para sujeción de la pasta, y cuando tuvimos aquel lado listo, le dimos la vuelta para continuar la operación por la parte frontal. Para entonces el plástico del suelo se había roto por las carreras (el tiempo de fragua de la escayola es limitado) y había que seguir... enredándonos continuamente con el suelo. Cuando terminamos de hacer aquel extraño corsé, la moqueta, los muebles, la pared entelada...todo, tenía una nueva decoración con trozos de yeso ya cuajado y endurecido esparcidos aquí y allá...

Unos minutos mas tarde le dijimos al paciente que lo peor había pasado, ahora solo había que liberarle de la pesada coraza. El sacar a quien fuere de este tipo de prisión, es algo complicado, suele ocurrir que en algún sitio se atasca la escayola y se pega un lado con otro... Explicaré: Hay dos mitades unidas, que al igual que una nuez, se tienen que abrir, para que el sufridor salga del molde sano y salvo, si esto no ocurre por las buenas, hay que hacerlo como sea para que la persona no se cueza dentro del molde, pues a partir de unos minutos, este va cogiendo temperatura y... entonces hay un momento que te preguntas ¿Cómo saco a éste de aquí vivo, sin cocinar y sin romper el molde? Siempre tenemos preparados cortafríos, hachas, serruchos y por supuesto una radial... para horror de aquel hombre, que viendo todas las herramientas, casi se desmaya... Tuvimos suerte, solo se atascó en algún pequeño lugar y con el cortafrío y el martillo lo solucionamos. El molde salió bastante bien y al actor lo rescatamos “vivo”, pero blanco como la pared, no precisamente por el yeso, y sí por el terror pasado. El francés una vez se vió libre y entero se adecentó un poco y dando las gracias, salió huyendo del maldito lugar.

Samy Frey y Colin Arthur (en el espejo)

La suite incluyendo el baño, era un total y absoluto caos, intenté arreglar aquello un poco tratando de borrar las huellas del delito. Quise despegar los pegotes de escayola de la moqueta, era imposible, con lo cual opté por rasurar los trozos implicados con unas tijeras para disimular el problema, pero aquello se notaba bastante... Visto lo cual, decidimos llevarnos las cosas poco a poco, sin pedir ayuda ni carritos para que nadie viera el desastre hasta que estuviéramos lejos de allí. Así lo hicimos, usando los ascensores de servicio, escondiéndonos como asesinos, para que no nos vieran cargando con el cuerpo del “muerto” (los pesados moldes que habíamos fabricado). Tuvimos que hacer unos cuantos viajes a pesar de que les dejamos parte de los materiales que habían sobrado “como regalo” y para no tener que hacer mas subidas y bajadas... No nos atrevimos ni a devolver la llave de la habitación, y como estaba pagada por adelantado, salimos de aquel magnifico hotel escapados, sin mirar atrás. Y pusimos rumbo a Friburgo, donde nos esperaba la segunda parte del programa.

Llegamos a Alemania con las ultimas luces de la tarde del día siguiente. Friburgo me pareció precioso, todo cubierto de nieve, tan cuidado, tan limpio, magnifica la parte antigua, las flores en las calles... me pareció una ciudad de cuento de hadas... He vuelto en varias ocasiones y ya no me ha parecido la misma ciudad, no la encuentro tan maravillosa y nunca he recuperado aquel sentimiento de la primera vez, algo ha cambiado, posiblemente yo, lo cierto es que nunca un lugar te parece el mismo cuando regresas, y sí tienes preciosos recuerdos, lo mejor es no volver...

El hotel donde nos alojábamos, era coqueto y agradable, allí estaba todo el equipo de la película (ellos llevaban tiempo rodando). Teníamos, ingleses, americanos, austriacos, alemanes y una española (yo). Gentes de varios países reunidos para rodar una película, es lo normal, recuerdo un rodaje en Portugal, era un día cualquiera y estábamos sentados para comer catorce personas, pregunté las nacionalidades de cada uno ¡Salieron once diferentes!

El equipo de “La chica del tambor” nos acogió con simpatía, muchos técnicos conocidos de otras “batallitas”, y otros que era la primera vez que veíamos. Diane Keaton, encantadora, Klaus Kinski...antipático, raro y engreído, el resto del equipo, normal, dentro de lo que en este mundillo se puede considerar normal.

Al día siguiente, mientras los otros rodaban, nosotros nos pusimos a buscar un lugar donde instalar nuestro sitio de trabajo. No había muchas opciones, y una vez descartada una habitación en el hotel por razones obvias (allí estábamos programados para tres semanas), alguien propuso que viéramos un cuarto en desuso que estaba en el garaje del hotel, allí podíamos guarrear lo necesario sin problemas. Dicho y hecho, en poco tiempo estábamos trabajando en aquel inhóspito lugar. Estoy segura que allí, el grajo volaba bajo porque hacía un frío del cara... ¡Y no teníamos la preciosa moqueta del Hilton...!

Colin se puso a modelar en barro sobre la famosa coraza de escayola una falsa espalda y pecho para nuestro amigo el actor francés. Yo, preparé mi mini-laboratorio en un rincón, pues la piel ficticia había que hacerla en espuma de látex, y coloqué las maquinas batidoras, mi medidor de humedad, el de temperatura, el cronómetro y mi libro de recetas en un tablero cutre que alguien me agenció. Para hacer este trabajo, lo ideal es un lugar donde no haya cambios en el ambiente, ya que este látex es muy sensible y es muy difícil que sin las condiciones requeridas para hacer la mezcla, ésta salga bien, lo normal es estar varios días controlando la humedad, la temperatura y cuando ya lo tienes todo mas o menos estabilizado, pues haces una prueba y si sale como debe de ser, ya tienes la receta que has de utilizar. Nosotros raramente conseguimos hacer las cosas como es debido, solo pude tener un laboratorio en condiciones en “La Historia Interminable”... y nunca más... Resumiendo, aquel cuchitril, en un garaje húmedo y frío, era el lugar peor, para obtener buenos resultados.

El día que tuve que hacer la mezcla, había conseguido subir algo la temperatura con los secadores de mano, aún así la humedad era mucho mas elevada de lo normal y lo lógico es que aquello no hubiera salido bien ni queriendo, la receta habitual no servía de nada, ajusté tiempos y velocidad de las batidoras como Dios me dio a entender y a los quince minutos poníamos la mezcla en los moldes, parece ser que mi hada madrina me protegió y al menos en apariencia la espuma estaba bien... quedaba cocinarlo en el horno durante unas ocho horas. No teníamos horno, Colin envolvió los moldes que contenían la mezcla, con una especie de papel plateado, como de estaño, lo pusimos en el suelo sobre unas maderas para aislar la humedad, abrimos unos agujeros en el paquete y por allí colamos dos o tres secadores de mano y otro mas potente, también metimos un controlador de temperatura y ... ¡Hasta el día siguiente!

Por la mañana, llenos de ansiedad abrimos los moldes. ¡No me lo podía creer! La piel estaba razonablemente bien y podía servir perfectamente. Decidimos hacer una segunda para emergencias, ahora la receta anterior ya me servía de guía, ajusté en unos segundos el tiempo de batido y ... al horno. Al día siguiente tuvimos otra piel mejor que la anterior. Solo quedaba hacer el truco final, preparamos las dos pieles artificiales para el rodaje, se maquillaron del color de la piel de nuestro amigo francés y se lo probamos, todo estaba mas o menos bajo control.

Probando la sobrepiel y los detonadores

Fin del pegado de la piel de látex.

Y llegó el día, nosotros empezamos la jornada de mañana tres horas antes que el resto del equipo. Colocar la piel ficticia, disimular los bordes e integrarlos sin que se note la línea difusora con la piel real (en el cuello, en la cintura y los brazos), es algo complicado, los bordes tienen que ser delgados como papel de fumar y se unen con un pegamento especial a la piel del actor. Antes de pegar “la camiseta” hemos colocado unos pequeños detonadores en el cuerpo, fijados con esparadrapo a la piel, estos se accionan en el momento preciso con mando a distancia, también ponemos unos preservativos llenos de sangre en los puntos donde los detonadores explosionan, los cuales abren la piel ficticia en el momento requerido y al tiempo rompen el preservativo. Dicho así, parece fácil, ¡No lo es en absoluto! Pueden ocurrir muchas cosas como: que la piel no se rompa o que se destroce en exceso, que la sangre no salga, o, si es mucha, malo, si es poca, no se ve... o, que no vayan sincronizados los disparos del asesino, con el momento de la ruptura de la piel... etc. Estos posibles fallos, nos ponen muy nerviosos ya que un rodaje de este tipo es costoso en tiempo y si no sale la primera vez, y hay que repetir, esto lleva unas cuatro horas entre la limpieza del actor y poner una nueva piel.

Usamos varias cámaras escondidas, por si fallaba alguna tener otras opciones, nosotros, estábamos tirados en el suelo para accionar el mecanismo de rotura en su momento, el resto de las personas indispensables, también en el suelo por lo del espejo.

Acordamos con el director contar hasta diez, en ese momento el pistolero, comenzaba a disparar, y nosotros en el mismo momento accionábamos las explosiones en sincronía con los disparos.

Colocaron luces, cámaras, alguien empezó a contar: Uno, dos, tres... cerré los ojos, las manos me temblaban... ¡diez! Colín accionó su mando, yo el mío...

¡Perfect! ¡Bravo! Gritó el director. Fué entonces cuando me atreví a mirar. Había salido a la primera.

Detalle de los orificios de salida de los disparos en la piel ficticia.

Como quedó  la espalda trucada después de finalizado el rodaje.

Hubo felicitaciones, abrazos, y ¡champagne! para todos.

Después de la celebración, desmaquillar y despegar al actor nos llevó un tiempo, Samy, deseoso sin duda de perdernos de vista, no se quejó de nada en el proceso y hasta nos ayudó con los disolventes, cuando terminamos nos besó agradecido de salir con vida y desapareció.

En unas horas recogimos todas nuestras cosas y enseguida estábamos pensando en el próximo trabajo de la película que nos llevaría a La Selva Negra, con otros efectos y más problemas que solventar. Pero eso ...

¡ES OTRA HISTORIA!
-.-.-

Reseña:
La chica del tambor ( The Little Drummer Girl) está basada en una novela de John Le Carré, sobre la causa de la liberación palestina.
Sus protagonistas son: Diane Keaton, Yorgo Voyagis, Klaus Kinski, Sami Frey, David Suchet, Michael Cristofer, Eli Danker, Ben Levine, Anna Massey.
La trama de la historia se centra en el seguimiento de espionaje que realiza el gobierno israelí de un grupo terrorista palestino. Para ello reclutan y preparan a una civil inglesa para que les sirva como cebo y topo en ese grupo y así poder localizar a un agente palestino.


Autora: María Luisa Pino

En este artículo han colaborado: Angel Caldito, José Manuel Seseña y Ricardo Márquez.

viernes, 23 de septiembre de 2011

De pequeño estudio de cine, al doblaje. Estudios Vallehermoso.

En el barrio de Arapiles del distrito de Chamberí de Madrid, en la calle Vallehermoso número 59, se encontraban los pequeños estudios de cine del mismo nombre, de los que vamos a relatar su historia.

El edificio que ocupaban los Estudios Vallehermoso en el número 59 de la misma calle en la actualidad.

Sus comienzos datan de 1962, cuando fueron creados por los productores de cine Arturo Marcos y Eduardo Manzanos (propietarios a su vez de los decorados cinematográficos de Hoyo de Manzanares) para realizar los interiores de sus producciones.

De izquierda a derecha: Arturo Marcos y Eduardo Manzanos.

Vista aérea actual de lo que fueron los estudios Vallehermoso.

Por esa época, los estudios de rodaje estaban en plena decadencia y apenas se construían decorados -la mayoría de los rodajes se hacían en interiores naturales-. Arturo Marcos y Eduardo Manzanos, se asociaron con Fernando Jiménez, director y copropietario de los laboratorios Madrid Film, siendo el director técnico de ellos Antonio Roces, durante muchos años socio e ingeniero de sonido de los Estudios Roptence. Disponían de un plató, salas de montaje, doblaje, proyección, decorados, etc., en los que se invirtieron doce millones de pesetas de las de entonces.

Fragmento de la película “El proscrito del río Colorado” con la actriz Elisa Montés.

Escenas de la película “El proscrito del río Colorado”, en la que se pueden ver los decorados realizados en los estudios Vallehermoso.

En los tres años que funcionaron como estudios de cine, se rodaron los interiores entre otras de las siguientes películas: Promesa sagrada (1964), Crimen de doble filo (1964), El hombre del valle maldito (1965), El séptimo de caballería (1965) y El proscrito del río Colorado (1965).



También se realizaron varios programas de televisión, entre los que destacó Escala en Hi-Fi, un musical de gran éxito en aquella época.

En 1966, debido a su falta de rentabilidad, hubo que cambiar el rumbo, dedicándolos al doblaje cinematográfico. Se vendieron a Pedro Couret, un empresario de cine, que en colaboración con Salvador Arias, profesional del ramo, crearon unos estudios especializados en doblaje y sincronización de cine y televisión que funcionaron hasta 1996 con el nombre de Estudios Arcofón.

Salvador Arias (director de los estudios Arcofón).

De izquierda a derecha en la Sala 2 de los Estudios Arcofón: Delia Luna, Rosa María Belda, Jesús Nieto y Juan Antonio Castro. Foto propiedad de la Asociación ADOMA (Actores de doblaje de Madrid).

Jesús Nieto Obejero

En el tramo final de los estudios realizó las funciones de director artístico Jesús Nieto -fundador de DOYSON, la primera cooperativa de doblajes-, que desarrolló sus actividades en los Estudios Arcofón.
-.-.-

Autor: Angel Caldito
En este artículo han colaborado: José Manuel Seseña y Ricardo Márquez.

Fuentes:
-Para ver la relación de doblajes efectuados en los Estudios Arcofón, en la web: http://www.eldoblaje.com/
-ADOMA (Asociación de actores de doblaje de Madrid) web: http://www.adoma.es/
-Naimara Producciones
M. de Cultura Nº 90.770- Dep. Legal M-50936-2005
Titular Licencia J.V. Imagen S.L.
-Google.maps

domingo, 3 de julio de 2011

“La grieta” (Historia de una extraña visita)


En el año 1988 estábamos preparando una película en Madrid “La grieta”. El director era Juan Piquer, buen director, persona estupenda, ameno y divertido contador de historias, pero desgraciadamente poco reconocido en España.

Hoy ya no está con nosotros, tampoco está Emilio Ruiz (realizador de maquetas). Por ello y antes de empezar con mis recuerdos, quiero decir que ambos eran geniales en su trabajo, y además unos buenos amigos para nosotros que siempre echaremos en falta. Ellos nos hicieron la vida agradable en esta película y en cada una de las que tuvimos la suerte de trabajar con ellos.

Colin Arthur y su equipo (en el cual estaba incluida yo, su mujer) debíamos hacer varios monstruitos para la película, teníamos varios meses de trabajo por delante, que seguro iban a ser, interesantes, estresantes y alucinantes.

Escena de la película con el “feto” de La Grieta.

En aquella época, no estábamos instalados del todo en España, no teníamos el estudio de la “Dream factory”, ni ningún otro lugar donde trabajar, con lo que decidimos organizar un taller en los bajos de la casa, es decir, el garaje y la habitación contigua se convertirían en el lugar de trabajo por tiempo ilimitado.

Las criaturas, según se terminaban, las recogían y se guardaban en el estudio de cine de Piquer, en la calle Pradillo, mientras, nosotros podíamos seguir trabajando con las siguientes. Aun así no había mucho sitio, pero nos arreglábamos bastante bien las diez o doce personas que éramos en el equipo, añadiendo las visitas regulares del director, del diseñador de arte, y también de producción, que venían a ver como marchaba la creación de los monstruos.

Con nosotros estaba viviendo y trabajando Steve (americano que también estuvo en “Red Sonja”), gran amigo nuestro, excelente mecánico de Efectos Especiales y con él, ocasionalmente alguna de sus novias que venía de visita y se quedaba unas cuantas semanas, hasta que se peleaban y venía la siguiente.

Taller de campaña. Pintando criaturas

Ni que decir tiene, que tanto la casa como la parte de abajo, llegó a ser un desmadre total y absoluto y una pesadilla para el ama de casa, o sea YOOOOOOOOO .¿Por qué?. Pues porque no había modo de separar la vivienda del taller, y como todos los trabajadores éramos amigos además de compañeros, estaban todo el día subiendo del taller a la zona habitada, la cual dejó de ser “habitable” para convertirse en un completo caos en unos días, pues todos la usaban a su antojo sin ningún atisbo de disciplina.

Siempre había alguna excusa: “Voy a hacer un pis”, o “¿Tienes Coca-Cola en el frigo?”, “¡Oye, que bien huele!, ¿nos darás hoy de comer?. Estamos hartos del restaurante de la esquina...” “¡Hoy hay fútbol y subiremos a verlo en la tele!...” Y la tele estaba en el salón, y cuando se iban, dejaban flotando una nube de polvo de escayola, o pegotes de barro de modelar en la alfombra, y también de látex y en ocasiones de pintura. Todo este trasiego a mí me tenía de los nervios, pero como por otro lado yo también era una trabajadora del grupo, pues no tenía mas remedio que admitir las idas y venidas tratando de ser lo mas comprensiva que podía con la situación. Pero, me prometí a mi misma que nunca volvería a admitir esta locura en la casa... “Never again”.

Aun así, debo dar gracias de que los experimentos con pólvora no los hicieran dentro del improvisado taller. Todavía recuerdo el día que hicieron una prueba con una criatura, especie de pulpo, que tenía que estallar en trocitos cuando el protagonista se deshacía de él disparando su arma. Llenamos el interior del bicho con gel de color verdoso, mezclado con comida de gatos, corn flakes y algún que otro yogurt, en fin, cualquier cosa que pudiera dar un aspecto asqueroso en el estallido. El resultado era un bicho extraño con patas, parecido a un inmenso globo, con piel de látex y relleno con toda aquella porquería vomitiva.

Decidieron probar el efecto enfrente de casa. Justo donde había un campo entonces abandonado y un castillo semi-derruido. Hoy día este lugar está muy arreglado, el castillo es el de “Los Zapata” y está en “La Alameda de Osuna”.

Ejemplar indultado de uno de los monstruos que explosionaban.

La criatura llevaba dentro de su barriga unos gramos de pólvora. Nunca se sabe si será suficiente o excesiva la cantidad, siempre en una prueba es la primera vez y hay que arriesgarse.

Uno de nuestros ayudantes tenía una cámara para rodar el momento, Colin, accionando el mando a distancia, dos o tres de nosotros, mirando desde mas lejos...Y el “pulpo” sentado en una piedra. ¡Uno, dos , tres,! ¡Fuego!.

Aquello salió por los aires y el trozo mas grande era como una moneda de un céntimo, y nosotros... cubiertos de mierda hasta el infinito; la cámara, inservible, al chico de la cámara no se le veían mas que los ojos y a Colin tampoco se le reconocía... Los demás, al estar más lejos, pudimos salir un poco menos deteriorados que ellos. Obviamente se habían pasado con la pólvora.

Con el tiempo, pude amaestrarles para que la entrada y salida a la calle la hicieran por el garaje. Y a partir de entonces, me quité algo de trasiego por la casa. Los primeros que siguieron la nueva orden fueron las visitas: Piquer (director), Escrivá (productor), Gonzalo (arte), y quien fuere, entraban y salían por el garaje y la vida empezó a ser mas llevadera.

Y así marchábamos cuando un día me dicen que Dino De Laurentiis va a venir a ver el monstruo más importante que estábamos modelando. Esta criatura, inspirada en un dibujo de Ron Coob (diseñador de arte en “Conan”), estaba quedando magnifica, pero aun así y precisamente por su importancia “El gran jefe” quería ver el desarrollo del trabajo y dar su (todo hay que decirlo) siempre acertada opinión de experto productor.


La relación que tenía Dino con esta película, creo que partía sobre todo, de que en aquel entonces Pepe Escrivá (productor) estaba casado con Francesca De Laurentiis. Ellos se habían conocido en “Conan” y no sé sí ya en Madrid, después de que Francesca dejara de trabajar conmigo en el departamento de montaje y se incorporara al de producción surgiría el flechazo, o tal vez sería cuando todo el equipo nos afincamos en Almería y allí, cumpliendo con las reglas no escritas del amor en los rodajes fuera de casa, y tal como muchos de nosotros hicimos en su momento, ellos se enamoraron... no lo sé. Por cierto, no fueron los únicos, en esta película como en tantas otras de largo tiempo de rodaje se hicieron varias parejas más...

Pero ahora no estamos en “Conan”, estamos en “La grieta”. Y estamos en mi casa trabajando. Aquí no hay exteriores, hay poco glamour, y no mucho dinero, pero muy buenas vibraciones y ganas de trabajar en una película llena de creatividad y buen rollo. Y como el taller de Efectos y de fabricación de criaturas está donde está, pues De Laurentiis, el mismo que nos hizo cambiar el aspecto del pez monstruo de “Red Sonja” en Roma, y el mismo que yo había dejado en Hollywood visionando el montaje de “Conan” años atrás... Él, estaba anunciado para venir a mi “humilde casa” de Madrid...

Me puse de los nervios. ¿Por donde lo haría pasar? ¿Por la zona “noble” de la casa? ¿Le debería ofrecer un refresco? Él, no era famoso por su simpatía, y yo lo sabía por lo cual estaba convencida de que hiciera lo que fuere, no funcionaria. Estas tonterías las pensé durante unos segundos, no podía pedir consejo porque Él, ya estaba en camino, y porque Colin o Piquer, no hubieran entendido mi problema en absoluto. Solo se me ocurrió preguntar a Pepe Escrivá por teléfono “Por donde vais a entrar, por arriba o por el garaje”, la respuesta fue tajante “Por el garaje como todo el mundo”.

Monstruo inspirado en un dibujo de Ron Coob

Monstruo marino

De nuevo suena el teléfono, es Escrivá, me advierte que en veinte minutos están en casa, que lo tengamos todo preparado. Su suegro es una persona muy ocupada, no puede perder ni un segundo mas de lo establecido... Me instalo de vigía en el segundo piso, desde allí controlo la calle. No han pasado ni quince minutos, cuando llega una limusina negra, cristales ahumados, larga, muy larga, la siguen dos coches mas, también negros, también cristales ahumados. De la limusina baja a la carrera Pepe Escrivá, llama a la puerta del jardín, me pide que abra con el mando a distancia la puerta de comunidad de los garajes, que avise a los de abajo y se marcha a mostrar el camino a su suegro. Este ya se ha bajado del coche salchicha, con él, su secretaria (mas tarde será su tercera mujer), Piquer, y un fotógrafo. Los guardaespaldas ya han salido de los otros coches y han echado una ojeada a la calle, todo está en orden. Dino y su séquito descienden la cuesta que lleva a la entrada a los garajes que ya he abierto. Aquí les pierdo de vista, me quedo en el piso de arriba para no incordiar en el taller.

Allí no estuvieron más de quince minutos. Según me contaron Dino dio su opinión concisa y tajante pero acertada, como era su estilo, y en líneas generales le gustó lo que se estaba haciendo. Él fotógrafo, tiró unas cuantas fotos que atestiguan su paso por mi casa con todos los protagonistas en plano: Dino, Colin, Piquer, Escrivá y Marta la secretaria. Y de nuevo cuesta arriba hacia la calle: guardaespaldas en su sitio, chofer abriendo la puerta de la limusina, vecinos con la boca abierta por la puesta en escena y los tres coches saliendo a todo gas del plano secuencia. No le dio tiempo a decir “Arrivederci” era un hombre muy ocupado.

Foto de la “extraña visita” de Dino de Laurentiis a casa de Marisa y Colin. De izquierda a derecha : Pepe Escrivá, D. De Laurentiis, Colin Artur y Juan Piquer.

La vida siguió y el trabajo también, la película dio los problemas justos en el rodaje, pero la verdad es que rodar con Juan Piquer era estupendo, nunca pedía imposibles, sabía las limitaciones que un presupuesto justito da a la hora de hacer cualquier cosa, y él, y sus colaboradores (los mejores de nuestro cine) eran una piña a la hora de resolver con ingenio algo que de otro modo hubiera costado mucho tiempo y dinero en abundancia.

Gonzalo de Gonzalo (director de arte), Emilio Ruiz (maquetas), Juan Marine (cámara), Colin Arthur (efectos especiales de maquillaje y criaturas) y tantos otros... incansables y animosos niños grandes o locos, según se mire, dieron (junto con su equipo) el máximo que podían y sabían en esta película, cada uno, en sus respectivos departamentos.

Una vez estrenada la película, tuvo un éxito relativo de público, pero buenas criticas, y aquel año estuvimos nominados en los premios Goya. La noche de la gala estábamos bastante nerviosos y esperanzados. Todos los componentes de los Efectos Especiales vestidos de etiqueta, todos guapísimos...Y finalmente ¡Lo conseguimos! “La Grieta” fue premiada con un “Goya “ a los mejores Efectos Especiales del año 1990.

Premios Goya a los mejores efectos especiales de 1990: La grieta (Colin Arthur, Basilio Cortijo y Carlos de Marchis)
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Autora: María Luisa Pino

En este artículo también han colaborado: Angel Caldito, José Manuel Seseña y Ricardo Márquez.


Curiosidades:
- La grieta se rodó en los ya desaparecidos Estudios Verona en Tres Cantos.
- Supervisor efectos especiales: Juan Piquer; Efectos especiales técnicos y diseño submarinos: Carlo de Marchis; Efectos especiales: Basilio Cortijo; Maquillaje y criaturas: Colin Arthur.
- Lugares de rodaje : Madrid - El Ferrol - Los Angeles (California).
- La película obtuvo en España una recaudación de: 309.189,75 euros (51.444.846 ptas.)
- Los nominados en 1990 en el apartado a los Mejores Efectos Especiales fueron:
- Colin Arthur, Basilio Cortijo, Carlo de Marchis; por “La grieta”.
- Christian Bourqui, por “El sueño del mono loco”.
- Reyes Abades, por “Amanece, que no es poco”
- Emilio Ruiz, Reyes Abades, Ángel Alonso, Basilio Cortijo; por “El niño de la luna”
- Reyes Abades, por “La noche oscura”.

El Nombre de los premios Goya
El argumento elegido para justificar esta decisión era que Goya, aparte de ser un pintor mundialmente conocido y representativo de la cultura española, resultaba un nombre corto y semejante a los de los Oscar o César que existían en Estados Unidos y Francia. Propuesto en Asamblea, los académicos se enzarzaron en una nueva polémica, zanjada a la postre por el director artístico Ramiro Gómez, quien recordó a los asistentes que Goya había tenido un concepto pictórico cercano al cine y que varias de sus obras más representantes tenían casi un tratamiento secuencial.

El Premio
La primera estatuilla que se entregó fue obra del escultor Miguel Ortiz Berrocal. Se trataba de una escultura desmontable que combinaba el busto del pintor Francisco de Goya con una cámara cinematográfica. Desde la segunda edición la estatuilla se encargó al escultor José Luis Fernández, quien desarrolló un nuevo busto en bronce, más pequeño, que representa al pintor.

Fuente: La Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España.